Diez años no es nada

A principios de 2002 la prognosis no era para nada clara y había lugar para ideas de todos los colores. Duhalde dejaba a Remes Lenicov timonear el barco pero se tentaba con la heterodoxia radical de economistas como Carbonetto, que sugerían salir de la crisis con un homeopático “shock productivo”. ¿En qué consistía en concreto esta dieta? Básicamente, en un aumento del gasto público y en la fijación de precios y salarios para incrementar el poder de compra sin inflación.

Resumido, el plan de Carbonetto proponía: (1) No acordar con el FMI, (2) actualizar las tarifas de todos los componentes del costo de la producción (incluidos los servicios, combustibles y salarios), (3) los salarios deben recuperar al menos un 7% anual por sobre inflación, empezando con una recomposición general del 25%, (4) los salarios del sector público también deben aumentar, (5) fijar precios máximos para que la inflación no supere el 40%, (6) establecer retenciones móviles a las exportaciones poniendo un precio fijo para el dólar de exportación, (7) renacionalizar YPF con nuevo endeudamiento, (8) reestatizar el sistema previsional, (9) poner en marcha un programa intensivo de obras públicas, y (10) flotación sucia para que el dólar no superara los tres pesos; caso contrario, control de cambios y prohibición de venta de dólares en el país.

Afortunadamente, estas ideas anacrónicas tuvieron límites políticos precisos: cuando Duhalde, con Remes ya renunciado, se las mostró a los gobernadores, éstos se opusieron. La consecuencia de este intercambio decisivo fueron “los 14 puntos”, alumbrados el 24 de abril luego de tres días de reuniones, que los gobernadores demandaron al presidente como condición para mantener su apoyo.

En las antípodas de los 10 puntos de Carbonetto, los 14 puntos propusieron una salida constructiva de la crisis. En particular, se centraron en la necesidad de respetar los acuerdos con la comunidad internacional (punto 1) y establecer políticas monetarias y fiscales que preservaran la estabilidad cambiaria y de precios (punto 4). Los temas referidos a la relación Nación-provincias incluyeron la firma de acuerdos fiscales bilaterales (punto 2), un nuevo proyecto de coparticipación (punto 3) y un sistema de premios y castigos de responsabilidad fiscal (punto 7). En el frente financiero, propiciaron la reconstrucción del sistema (punto 6) garantizando la liquidez de los ahorristas (punto 5). En el ámbito sociopolítico, plantearon una reforma (punto 13) y enfatizaron la asignación de planes de empleo con fines productivos en reemplazo de subsidios (punto 14). Finalmente, para las empresas privadas defendieron una reforma tributaria que estimulara la inversión (punto 8) y el compromiso de sancionar la reforma de la Ley de Quiebras (punto 9) y de derogar la Ley de subversión económica (punto 10), además de promover la repatriación de capitales (punto 11) y de alentar las inversiones en sectores exportadores y sustitutivos de importaciones (punto 12).

Los 14 puntos fueron el último legado del saliente Remes, en su rol de asesor privilegiado. Ya en el aeropuerto, horas antes de asumir, Roberto Lavagna daba una señal en la misma dirección: “Hay una forma de discusión un poco primaria en el país, porque se discute en los extremos”. De alguna manera, en la figura de Lavagna, los 14 puntos de los gobernadores desplazaron a los 10 de Carbonetto.

La mención a los 10 puntos es relevante menos como comentario histórico que como dato premonitorio: muchas de esas ideas verían la luz en el segundo kirchnerismo -y algunos de los puntos restantes aún tienen chances de una fugaz aparición- a medida que los márgenes fiscales y reales creados por la crisis se fueron consumiendo, estimulando el voluntarismo económico. Diez años más tarde, los 10 puntos son reivindicados con el agregado de una delgada pátina teórico-académica.

Pero hoy, a diferencia de 2002, los gobernadores -y demás oposiciones políticas de peso- están ausentes. Un análisis de las multiplicidad de razones detrás de esta endeble línea Maginot institucional excede los límites de esta nota, pero vale la pena destacar al menos dos hipótesis.

La primera, ampliamente debatida, es económica: el federalismo fiscal argentino, fuertemente unitario, se profundizó en los 2000 con el (en muchos sentidos, bienvenido) incremento de recursos del Estado y la (menos bienvenida) discrecionalidad en la asignación de nuevos tributos (retenciones, impuesto inflacionario). Este “unitarismo fiscal” generó y genera un poderoso efecto disciplinador sobre provincias que no cuentan con recursos propios -más aún en un contexto de autarquía financiera que les cierra el acceso al financiemiento externo.

La segunda hipótesis es más política: la evolución de los consensos en la Argentina ha favorecido varias de estas medidas, en parte porque las misma fueron predicadas como reparaciones contra blancos impopulares (bancos, Marsans, Repsol, ahorristas en dólares, empresas concentradas), y en parte por la ausencia de voces opositoras que plantearan, como en países vecinos, un camino intermedio entre los errores noventistas y una visión del Estado anclada en un pasado lejano y no siempre exitoso.

Al relato local le cuesta articular la explotación pública de recursos naturales con fondos privados, el recurso al financiamiento para evitar el ajuste fiscal y el control cambiario o el crecimiento sin inflación, características comunes a países disímiles como Brasil, Chile, Colombia, Perú o Uruguay. Pero en esto el Gobierno refleja en gran medida el consenso de los votantes y de parte de la oposición política; sólo así se explica el éxito electoral y la falta de voces discordantes.

La raíz de estos nuevos consensos probablemente sea lo que los economistas llaman el efecto base, es decir, el escenario contra el que se compara: la crisis aliancista, el saqueo del estado menemista, la hiperinflación alfonsinista, la dictadura. La ausencia de un contrarrelato positivo que se desprenda de esta mochila histórica para plantear un mejor futuro posible es también una versión de la derrota cultural.

Es cierto que se puede estar mal y al mismo tiempo pensar que si no fuera por el modelo se estaría aún peor. Pero también se puede estar mejor. Mucho mejor.

Por Eduardo Levy Yeyati

Fuente: La Nación