El dilema argentino de ser tigre o canguro

El debate económico argentino está teñido de nostalgia. Como detenidos en las postrimerías del desarrollismo de posguerra, oficialistas (violentando datos para mostrar la reindustrialización) y opositores (mostrando la desindustrialización como ejemplo del fracaso oficial) insisten en asociar el desarrollo con una industrialización globalmente en baja y, entendida en estos términos arcaicos, innecesaria.

La idea de industrialización nos remite a los tigres asiáticos, países como Corea que eran pobres en la posguerra y se volvieron potencias manufactureras en los 80. Esta fascinación se extiende a una segunda generación de tigres (Indonesia, Malasia, Tailandia) que tomaron la posta industrializadora allí donde la dejaron sus mentores: salarios bajos, jornadas largas, precariedad laboral, desindicalización. Incluso China, agotado ya el ejército de trabajo rural que contenía los salarios urbanos, recurre hoy a su propia periferia, exportando trabajo a tigres de tercera generación como Filipinas o Vietnam, para reducir costos laborales.

Es precisamente esto lo que los promotores de la industrialización asiática pasan por alto: la Argentina (y gran parte de América latina también) alcanzaron tempranamente niveles de ingresos medios y de protección social y laboral, y jamás estuvieron en condiciones de competir en este frente con los tigres. En esto, abundan las pruebas: vean si no los fallidos (y poco transparentes) sistemas de promoción industrial, o el perenne régimen fueguino, ese costoso dinosaurio del voluntarismo económico que probablemente sea la mejor ilustración de hacia dónde no hay que ir para desarrollar la Argentina.

La Argentina fue, es y esperemos que siga siendo demasiado rica para ser tigre. Esto no es una mala noticia, es sólo un dato insoslayable a la hora de pensar el desarrollo por fuera de la profecía de Vaca Muerta.

¿Existe desarrollo sin industria? Esta pregunta contiene varias falacias. Dejemos de lado el fantasma de la primarización (el sector primario de hecho redujo su participación en estos años) y concentrémonos en su gemelo, el fantasma de la terciarización: el aumento de los servicios a expensas de la industria, que fue el verdadero patrón de las últimas décadas.

Para empezar, no estamos solos. La terciarización sube con el desarrollo, porque el desarrollo eleva el ingreso de los hogares y hogares con mayores ingresos consumen más servicios. También sube con el tiempo, cualquiera sea el ingreso, porque los bienes industriales reducen su precio relativo. Por último, la terciarización sube “estadísticamente”: si una empresa industrial reemplaza su departamento de marketing contratando a una empresa de servicios de marketing, en las cuentas nacionales veremos a los servicios subiendo a expensas de la industria. De ahí que el desarrollo, la productividad industrial y la globalización puedan leerse, incorrectamente, como desindustrialización. (Todo lo cual indica que la separación tradicional entre campo, industria y servicios es insuficiente para caracterizar la complejidad de la economía moderna)

Pero, más fundamentalmente, la fantasía industrializadora (o la pesadilla desindustrializadora) subestima innecesariamente al sector servicios. La industria es más productiva y paga más, se suele decir; los servicios, en cambio, generan trabajos precarios, de baja calificación y remuneración. Nada más alejado de la realidad: es en servicios donde se paga más y, si bien es difícil estimar la productividad por sector, en los últimos años la productividad de la industria y de los servicios fueron de la mano. Esto no debería sorprendernos: si uno dice servicios en América latina ve a un ingeniero en un taxi o al empleado público tempranamente jubilado en un quiosco. Pero en los servicios que crecen son finanzas, educación, turismo, informática, biotecnología, industrias creativas -todas áreas donde probablemente nos vaya mejor que en la producción de celulares-.

OTRA FANTASÍA

Más recientemente, otra fantasía compite con los tigres en la charla casual sobre desarrollo: la de los canguros, exportadores desarrollados de bienes primarios, como Australia, Nueva Zelanda o Canadá, que fondean con la renta de commodities la diversificación hacia servicios exportables de alta calidad. Simplificando, Australia importa los celulares del sudeste asiático a cambio de agromanufacturas, educación, turismo. También en los canguros, previsiblemente, la industria se achica.

La Argentina es, lamentablemente, poco sofisticada para poder ser canguro. Pero, puestos a elegir hacia dónde apuntar los esfuerzos, mejor ganar en sofisticación -mejorando educación e infraestructura, fomentando la innovación y la creación de empresas; en fin, aceptando que los tiempos modernos ya no son los de Chaplin- que perder en salario.

Ahora que el viento de cola dejó de soplar para América latina, son varios los países (como Brasil, Chile, Perú) que ya sienten el vértigo de la desaceleración y salen tardíamente a pensar cómo diversificar la producción para complementar los agotados dólares primarios. Todo esto puede sonar anticlimático en la Argentina del default y la multiplicación de los cepos. Pero más temprano que tarde nos tocará pensar una hoja de ruta que aún no ha sido escrita.

Por Eduardo Levy Yeyati

Fuente: La Nación