Huérfanos de buenos liderazgos

Pensemos en el siguiente experimento. Juntamos a diez jugadores, les damos 10 pesos a cada uno y les decimos que pueden contribuir, anónimamente, parte, todo o nada de esos 10 pesos a un pozo común. También les decimos que lo que aporten al pozo será duplicado por el moderador del juego y distribuido en partes iguales entre los miembros del grupo.

En el juego, el óptimo social, lo mejor para todos, es simple: contribuir los 10 pesos, acumular 100 en el pozo, obtener otros 100 del moderador y recibir 20 pesos cada uno. De este modo, ponemos 10 en el pozo y, fruto de la cooperación, nos llevamos 20.

El óptimo individual, sin embargo, es distinto: quedarse con los 10 pesos independientemente de lo que haga el resto y llevarse la décima parte de lo que el resto de los jugadores (y el moderador) aporten al pozo.

Si el juego se juega muchas veces, los jugadores aprenden y emulan al resto. La mayoría comienza aportando algo al pozo, pero al ver que algunos no aportan terminan reduciendo sus contribuciones, hasta que el juego, finalmente, deriva en la solución no cooperativa: cada uno por las suyas, nadie aporta nada, todos se llevan 10 pesos.

Como muchos de estos experimentos, éste puede leerse como una metáfora de muchos de nuestros problemas sociales. La contribución al pozo podría pensarse como el impuesto que pagamos para solventar los bienes y servicios públicos. El equilibrio no solidario sería evadir y dejar que otros paguen por los bienes y servicios públicos que consumo. No por nada al experimento se lo llama el juego del bien público.

Con ligeras variaciones, el juego podría usarse para ilustrar los aspectos colectivos de la corrupción, la libanización política, el prebendismo empresario, la ocupación de espacios públicos o el descuido del medio ambiente.

¿Cómo se resuelve en la práctica esta disrupción de la cooperación? La economía experimental sugiere dos mecanismos. El primero, el más habitual y conocido, es la imposición de premios y castigos.

El segundo mecanismo es la mirada del otro.

Ilustremos este punto con otro juego: le damos 10 pesos a un jugador y le pedimos que los distribuya, anónimamente y de la manera que considere más justa, entre él y otro jugador que no recibe nada. Este otro planteo, el juego del dictador, una variante del juego del ultimátum, de Daniel Kahneman -un psicólogo israelí que en 2002 ganó el Nobel de Economía por impulsar el campo de la economía experimental-, examina empíricamente el concepto de justicia distributiva.

El resultado canónico del juego es que, contra lo que la teoría económica a veces sugiere, en la mayoría de los casos el primer jugador (el “dictador”) considera justo dar parte de su dinero al segundo jugador.

Pero quizá lo más interesante del experimento es que la distribución se vuelve mucho más generosa si la computadora en la que el jugador anota su decisión anónima tiene un fondo de pantalla con el dibujo estilizado de un par de ojos.

¿Cómo interpretamos esto? En Tribus morales, Joshua Greene liga estos resultados con la neurociencia para argumentar que, fruto de la evolución, los seres humanos estamos formateados genéticamente para responder a la mirada del otro. ¿De qué otro modo se explica que cambiemos nuestra decisión por un par de ojos dibujados en una pantalla?

Lamentablemente, la mirada del otro tiene doble filo.

En su versión benigna, sanciona socialmente el oportunismo y reconoce socialmente la cooperación, facilitando la solución solidaria al problema del bien público. Es la que nos hace sentir mal cuando tiramos basura a la calle, aunque estemos frente a extraños o incluso cuando nadie nos ve. Es, parafraseando a Mateo, la mirada que ve lo que hace mi mano derecha, aunque no se entere la izquierda.

En su versión menos benigna, sin embargo, la mirada del otro puede ser una mirada complaciente, una vista gorda con la que el otro justifica nuestro oportunismo para justificar el suyo propio, un mecanismo de autoconfirmación.

El desarrollo es una tarea colectiva, un delicado ejercicio de cooperación. Y, en la Argentina, estamos perdiendo los mecanismos que sostienen esta cooperación. Perdemos la sanción social al naturalizar el oportunismo, el falso nihilismo, el “si todos lo hacen, por qué yo no”. Y, al perder la sanción social, perdemos también el mecanismo de premios y castigos porque, corrompidos los valores que les dieron origen, ya no hay nadie ahí con incentivos para aplicarlos.

De esta espiral institucional descendente no se sale con palabras y manifiestos, con más reglas y contratos, con nuevas instituciones huérfanas. Se sale, si se sale, con liderazgo.

En el contexto del juego, el liderazgo podría asociarse al organizador, ese actor omnisciente que lo ve todo, reconoce la solución solidaria y coordina las acciones para que eso ocurra. O directamente distribuye él mismo los recursos a la manera de un “dictador benevolente”, esa construcción abstracta que es casi un oxímoron.

Pero los juegos son abstracciones que no alcanzan a capturar la realidad en toda su complejidad. En la realidad, el dictador benevolente no sólo es un dictador, sino que además suele no ser benevolente: sobran los ejemplos históricos de la relación entre la concentración de poder y su corrupción moral y económica.

Una sociedad moderna, democrática y republicana no necesita un dictador benevolente ni un superlíder con superpoderes a la manera de las débiles democracias delegativas que describió Guillermo O’Donnell.

Necesita, en todo caso, una red de líderes múltiples, referentes sociales que, cada uno desde su lugar, lideren con la acción, reencauzando nuestro esfuerzo solidario del desarrollo.

Políticos que piensen en la década antes que en las elecciones de octubre, empresarios que exijan más productividad antes que menos impuestos, sindicalistas que luchen por más y mejor empleo antes que por una porción más grande de un producto menguante, intelectuales que generen ideas y consensos para alimentar el debate y la política pública.

Éste es un año electoral. Y en el calor de la contienda muchos hablarán del futuro pensando en agosto. Es natural, pasa todo el tiempo y en todos lados. Pero agosto no es el futuro.

Entre esta coyuntura electoral y esa Argentina futura a la que aspiramos, hay una distancia larga. Y para construir ese puente y transitar esa distancia vamos a necesitar muchos liderazgos. Sin ellos, somos un barco a la deriva, somos puro presente.

Por Eduardo Levy Yeyati

Fuente: La Nación