Las edades de la crisis

¿Se acuerdan de las hipotecas subprime ? Aquellos préstamos a tasas engañosamente bajas a deudores fronterizos, que los bancos metían en la procesadora para producir oscuros embutidos financieros a los que las agencias de calificación terminaban asignando grado de inversión gracias a las dudosas virtudes de la diversificación. En algún momento de 2007, pensábamos que el problema sería sólo de algunos bancos y fondos de inversión tentados por la improbable combinación de alto retorno y bajo riesgo que prometía esta alquimia financiera. Hoy está claro que aquello fue una mera expresión de deseos.

La crisis ha tenido sus edades, y el capítulo subprime , que pareció culminar con el rebote financiero de fines de 2007 (alimentando la ilusión de que el asunto involucraba sólo unas malas inversiones de riesgo que podían ser rápidamente contenidas por una baja de tasas de interés y algunos rescates quirúrgicos), fue sólo la pubertad de una crisis financiera que se extendió a todo el sistema a medida que la sospecha contaminaba activos e instituciones presuntamente menos expuestos, generando un círculo vicioso. Es que la falta de crédito es a la economía como la falta de sangre al cerebro: sus efectos irreparables se incrementan exponencialmente con el tiempo. El incremento de la emisión monetaria en los Estados Unidos no es sino la contracara de esto: la Reserva Federal mediando entre instituciones financieras y empresas que no se arriesgan a prestarse entre sí ante la duda sobre cuántos activos tóxicos tiene mi contraparte (es decir, qué tan herido está quien me pide prestado). Esta dislocación alcanzó su pico con la caída de Lehman Brothers, en septiembre de 2008, y el colapso de la intermediación financiera que la sucedió.

Así llegamos a la segunda edad: si a mediados de 2008 se pensaba que el fin de la burbuja inmobiliaria se iba a llevar a prestamistas hipotecarios y bancos de inversión (al fortalecer el modelo más conservador del banco comercial tomador de depósitos), a fines de 2008 eran los mismos bancos comerciales los que sufrían una crisis de confianza, que ha llevado virtualmente (y, en la menos prejuiciosa Inglaterra, literalmente) a su nacionalización.

No sólo las pérdidas asociadas con activos invendibles fueron mayores a las originalmente pensadas, sino que la extensión misma de la crisis abrió grietas en frentes considerados sanos.

El mercado inmobiliario es el ejemplo más claro de cómo la crisis se extiende como una gangrena. Imaginemos que una familia norteamericana compró hace diez años una propiedad por 250.000 dólares y que a los cinco años la casa vale 500.000. Gracias a la sofisticación del sistema financiero de EE.UU. -y a la avidez por retornos en los años de tasas bajas de Alan Greenspan-, esta familia puede hacerse del incremento de valor de la casa sin necesidad de venderla: pide una segunda hipoteca al banco por los 250.000 restantes, que usa para consumo o para nuevas inversiones inmobiliarias especulativas, alimentando la burbuja. ¿Qué pasa cuando los precios de las casas caen un 10%? La familia, que ahora debe 500 y vive en una propiedad que vale 450 decide dejar de pagar, el banco ejecuta la hipoteca y vuelca la casa al mercado, y esta nueva oferta de casas hace descender el precios otro 10%, digamos, a 400. Una segunda familia que debe 450 al banco por una casa que ahora vale 400 deja de pagar, el banco ejecuta, los precios bajan, y vuelta a empezar.

Dos conclusiones se siguen de este argumento circular. Por un lado, que el proceso sólo se detiene si el banco (o el gobierno, a través de un subsidio) acepta una quita en el valor del préstamo y toma la pérdida: en Estados Unidos, aún se discute quién paga (como referencia, en la Argentina, en 2002, el subsidio se instrumentó a través de la pesificación de préstamos, costeado en gran medida por el Gobierno).

Por el otro, que esta espiral deflacionaria de precios de activos de inversión inevitablemente profundiza el aspecto económico de esta segunda edad de la crisis. Si tomamos en cuenta que el ahorro del hombre promedio en los Estados Unidos se concentra en la casa donde vive y en las acciones en las que ahorra para el retiro, se entiende inmediatamente la dimensión de la pérdida de riqueza del último año, y el incremento del ahorro de los hogares americanos (desde cero, en la bonanza precrisis, a 8-10% hacia fines de año). Es esta tendencia a la frugalidad, no exclusiva de los Estados Unidos, la que subyace a las dos manifestaciones más preocupantes de esta segunda edad de la crisis: la contracción de la demanda y el comercio global y el deterioro de las carteras de crédito por aumento de la mora de consumidores golpeados por la deflación de ahorros y el creciente desempleo, y de quiebras de empresas que no logran vender sus productos. Todos cuentan sus monedas, consumen menos y postergan pagos.

Tras la complacencia que caracterizó a analistas y políticos hasta principios de 2009, el reciente llamado a las armas de los gobiernos agrupados en el G-20 ayudará a paliar los desequilibrios macrofinancieros, pero llega demasiado tarde para combatir una crisis que, con la caída libre de finales de 2008, ha alcanzado una tercera edad, que apenas comienza a mostrar sus efectos socioeconómicos.

El desempleo y la pobreza son indicadores rezagados: la persistencia de la recesión convierte vacaciones no deseadas y suspensiones temporales en trabajo precario y desempleo, y agota los ahorros de las familias sin ingresos laborales, al profundizar su dependencia del Estado o su miseria. Así como la crisis financiera se transformó en crisis macroeconómica, es sólo cuestión de tiempo para que ésta impacte en indicadores micro. Y así como la respuesta tardía a la crisis adoleció de una tendencia a la expresión de deseos, los países en desarrollo, particularmente expuestos, no parecen haber previsto un plan de contención social a las alturas de las circunstancias.

A pesar de sus progresos financieros, América latina pasaría de crecer el 1,7% en 2008 a caer el 2,8% en 2009, con contracciones del 4% en México, y de entre uno y dos por ciento en la Argentina, Brasil y Chile. A pesar de las bondades distributivas de una inflación controlada, es inevitable que tasas de desempleo de dos dígitos incrementen la pobreza y la desigualdad y limiten el margen de maniobra de los gobiernos. Como indica la experiencia histórica, cuando los mercados se estabilicen, los efectos reales de la crisis permanecerán. Mientras en Londres se discuten las redes de seguridad financiera, en casa es el momento de desempolvar las redes de seguridad social.

Por Eduardo Levy Yeyati

Fuente: La Nación