Políticos tiempistas en ‘loop’

En la era del yuyo, la política por fuera del poder es una carrera de obstáculos. Una maratón de baile, como en esas maratones de baile de la Gran Depresión. Como en esa película sobre la Gran Depresión en la que mataban a Jane Fonda como a un caballo. El vencedor no es el más fuerte ni el más capaz ni el más vivo, sino el último en caer.

La última vez que un líder político se embanderó en una idea de país, finalmente hizo todo lo contrario. Si les decía la verdad, no me votaban, confesó. ¿Será por eso que nuestras encuestas favorecen a los tiempistas?

Hay que reconocer que los tiempistas generan cierto suspenso. Clint Eastwood, en un spaguetti western de Leone en el que no pasa nada en la primera hora. Los tiempistas incluso insinúan una cierta profundidad, como esas personas que hablan muuuyyy leeentooo, como si escogieran las palabras exactas. Como Chance, el jardinero, o el sensei de David Carradine. (Al menos el sensei sabía pelear en la oscuridad.)

Pero es sólo una ilusión. Porque al final del silencio del tiempista no hay nada. Hay palabras más silenciosas que el silencio. Palabras imperceptibles e inmemorables. O previsibles y sorpresivamente ruidosas. Chamuyo.

Sus sesudas parrafadas o sus desapariciones erráticas son samplers, randomizaciones de discursos y poses pasadas. ¿Será que de tanto esperar el tiempista llega con el caballo cansado?

En un temprano comentario cinematográfico sobre los realities de Bertrand Tavernier, Harvey Keitel tenía una cámara en la cabeza desde la que transmitía los últimos días de Romy Schneider, a quien acompañaba. Es increíble lo pudorosos que somos sobre la muerte, le decía Romy en la película. La muerte es la nueva pornografía.

Si el cristinismo convirtió la política en la nueva pornografía, nuestras letárgicas oposiciones le pusieron una hoja de parra y la privaron de sentido. Oposiciones de fotos y galas, de tuits manufacturados, pequeños anuncios y gozosa victimización. Fútbol y bicicleta. Actores improvisando líneas inocuas detrás de la máscara, líneas intercambiables como camisetas o estereotipos. Comedia del arte de las oposiciones.

Políticos en loop. ¿Qué es lo que piensan de la avanzada de los buitres, de la impotencia de YPF, de los subsidios al aire acondicionado, del derrape de la educación, de nuestra industria de capacidades diferentes, del desendeudamiento en esteroides, del estancamiento? El tiempista calla y sube en las encuestas.
¿Cuándo le perdieron nuestros políticos las ganas al futuro? Y si los políticos son apenas los emergentes del voto, ¿cuándo le perdimos nosotros las ganas al futuro? Argentina parece congelada en el puro presente. Fugaz como la señal del celular, como los discursos presidenciales, como las alianzas electorales. Un poco a la deriva, perdida en el desierto, gritándoles a los caballos cansados.

En la era del yuyo, vivimos la magia y después le vimos el truco a la magia y ahora volvemos a la realidad de nuestro monoambiente dominguero mal iluminado y con olor a encierro, sin dinero para comprarnos un feriado, condenados al discurso autista y autocomplaciente del maestro de ceremonias oficial por cadena nacional, o al discurso catártico y testimonial de la autoconmiseración que nos devuelven las oposiciones por la cadena oligopólica. Rebotando entre imágenes de un pasado que confundimos con nuestro destino.

Un país en loop. Pero también esto puede ser sólo una ilusión. Porque al final un loop es la repetición mecánica de un fragmento musical. Y, como dice Diederichsen, lo que escuchamos en un loop es siempre distinto porque, a cada repetición, nosotros estamos cambiando. Y en estos cambios en nosotros está nuestra esperanza de futuro.

Por Eduardo Levy Yeyati

Fuente: Perfil